"El amor consiste en que dos soledades se encuentren, se protejan y se correspondan entre si". (Rainer Maria)

martes, 29 de mayo de 2012

CAPITULO 1

            Hacia poco más de una hora que había bajado del avión en el aeropuerto de Londres, y ahora se encontraba sentada en la parte trasera de un auto negro camino a Cambridgeshire, para asistir a la famosa universidad de Cambridge.
La joven de piel blanca, cabellera castaña ondulada hasta media espalda y unos hermosos ojos azules – heredados por su madre - , observaba el paisaje a través de la ventana perdiéndose en sus pensamientos. En unos días – cuando las clases iniciaran – seria una estudiante universitaria viviendo lejos de su padre y sin su supervisión, podría salir a algún pub de la ciudad por las noches, ir de fiesta, entre tantas cosas más, si, el sueño de todo chico, aunque ella no se mostraba especialmente entusiasta por ello. Ya extrañaba a todos sus amigos, con los cuales paso todas las vacaciones, e incluso al mismo St. Leonard’s School, internado en el que estudio los últimos tres años, y siendo mestiza - mitad inglesa y mitad mexicana - no fue difícil encajar pues la mayoría de los estudiantes eran de diferentes países, pero ¿Cambridge? no estaba segura de si podría acoplarse del todo a ese lugar.
Y al igual que con el internado su asistencia a Cambridge corría por cuenta de su padre, aun recordaba la conversación telefónica que tuvo con él cuando llego el momento de elegir una universidad.
Flash back
-Tu lugar en Cambridge ya ha sido asegurado, pero por supuesto, aun debes presentar el examen de admisión – pronuncio una voz sobria y serena, que pertenecía a su padre, al otro lado de la línea.
-No tenias por que hacer eso – reprocho – soy perfectamente capaz de entrar sin que tu lo arregles – acentuando el tinte de enojo en su voz, ¿acaso su padre no tenía la suficiente confianza en que podía lograrlo?, o tal vez la creía estúpida, fuera cual fuera el caso igual la hacía sentir mal.
-Sé que puedes lograrlo por ti misma, solo quiero asegurarme de que así sea – respondió manteniendo el mismo tono sereno – que asistas a una de las mejores universidades, es lo mejor para tu educación.
-Si, seguro – el sarcasmo marcaba su voz – teniendo en cuenta que fuiste tú quien lo decidió, ni siquiera me preguntaste a que universidad quería entrar, se supone que es algo que yo debo decidir.
-Y se supone que yo soy tu padre y el que paga también – se notaba un ligero tinte de irritación en su voz – ¿me estás diciendo que no pagarías si escogiera otra universidad? – lo interrumpió, realmente estaba comenzando a enojarse – lo que quiero decir es que este siempre ha sido el plan, por eso te envié al St. Leonard’s – volvió a su tono sereno lo que menos quería era empezar una absurda discusión con su hija.
-Oh, y yo que creí que me enviaste aquí para mantenerme alejada de ti – era increíble cómo podía combinar el enojo y la ironía en su voz.
-Es suficiente, no pienso empezar a discutir contigo y menos por teléfono jovencita – se adelanto a responder con un tono demandante – iras a Cambridge y no está a discusión, es por tu futuro, deberías sentirte afortunada de que al ser hija de quien eres tengas estas oportunidades, cuídate – y antes de darle tiempo a contestar, colgó.
-Tiii tiii tiii – era lo que escuchaba teniendo la palabra en la boca – Aish – fue lo único que pronuncio antes de colgar.
Fin del flash back
Si, al ser hija de quien era, el ser la hija del embajador de México, a veces se preguntaba como serian las cosas si no lo fuera, o mejor aún, si su madre siguiera viva. Desde que murió – cuando apenas tenía diez años – todo cambio, su padre se enfrasco de lleno en su trabajo y a penas y le hacía caso, pero todo empeoro cuando se volvió el nuevo embajador y lo enviaron a Inglaterra, ahí sí que eran contadas las veces que lograba verlo; y cuando cumplió los quince la interno en el St. Leonard’s limitando su comunicación a ocasionales llamadas telefónicas, “Lo hago por tu bien, es para que tengas una buena educación”, era lo que siempre decía, si como no, sería mejor si le dijera que no la quería cerca, así al menos no se esforzaría tanto por ir bien en clases y cumplir con todo lo que decía. Pero bueno, mejor no penar en eso, no es como si pudiera cambiar la situación después de todo.
Se vio sacada de sus pensamientos cuando el chofer la llamo indicándole que habían llegado a su destino.
Bajo del coche y observo el edificio frente a ella, una construcción muy antigua al estilo gótico, con varias ventanas al frente, que eran las que dejaban entrar luz a los dormitorios, y una gran puerta de madera al centro por la que salían y entraban jóvenes – que también se estaban acomodando en los mismos – comenzó a caminar hacia ella, donde estaba su chofer, John, quien al parecer estaba pidiendo indicaciones a una joven.
-Si, es en el ala este – fue lo que alcanzo a escuchar decir a la joven al llegar junto a John – no tendrá problema en encontrarlo – termino de decir la chica mientras seguía su camino.
-Muchas gracias – dijo John quien dirigió su atención a ella – Señorita Máxime ya sé dónde queda su habitación, por favor sígame – se agacho para recoger las maletas y emprender camino hacia el ala este del edificio como le habían indicado, siendo seguido por Máxime.
A John lo conocía desde los doce años, cuando su padre fue nombrado embajador y se mudaron a Inglaterra, donde la mayor parte del tiempo la pasaba sola, ya que su padre se la pasaba metido en el trabajo. Pero gracias a la compañía de John su soledad era menos, lo consideraba como un tío – uno consentidor y sobreprotector -, después de todo el hombre a penas estaba sobre los treinta, fue él quien le enseño a hablar ingles, además de que siempre jugaba con ella y solía llevarla a cualquier lugar que quisiera, todo una vez terminado su trabajo de llevar y traer a su padre. Aunque todo termino cuando al cumplir los quince fue enviada a estudiar al St. Leonards y solo podían verse en vacaciones - que era cuando regresaba a su casa - , pero seguían en contacto por medio de llamadas y emails, en las cuales le contaba sus problemas y el la aconsejaba. John solía ser muy paciente, amable y siempre estaba al pendiente de ella además de ser apuesto, con el cabello rubio corto y ojos negros, a veces le preguntaba el por qué no se casaba y formaba una familia o sino el tiempo se le iba a pasar, pero el siempre le decía que su familia era ella y que no tenia ojos para otra chica que no fuera ella– lo último medio en broma -, realmente quería mucho a ese hombre.
-Oye John – le llamo mientras caminaba hasta quedar a un lado de el – no es necesario que me lleves hasta ahí, con que me digas por donde es, es suficiente.
-No se preocupe, es mi trabajo el llevarla – volteo a mirarla – y también lo hago porque quiero Señorita – termino diciendo en un tono cariñoso.
-Ya lo sé, pero es que no es común que al entrar a la universidad te lleven las maletas hasta tu dormitorio, se supone que es algo que yo debo hacer – respondió – seguramente todos pensaran que soy la niña mimada de papi – agrego al darse cuenta de las miradas de los estudiantes en los pasillos.
-Pero usted sabe que no lo es, y ¿desde cuándo le toma importancia a lo que los demás digan? – pregunto John sin dejar de caminar – además, si la dejara hacerlo sola terminaría perdiéndose en el edificio – agrego divertido esperando la reacción de su señorita.
-Oye! Ya sé que mi sentido de la orientación no es muy bueno – le reprocho Max haciendo un leve puchero – pero no es como si me fuera a perder en un edificio, y sabes que no me importa – dijo refiriéndose a la pregunta anterior – pero pasare varios años aquí, tu entiendes.
-Si lo entiendo – concedió – la voy a extrañar – cambio de tema.
-Yo también, pero ya deberíamos estar acostumbrados no crees? – su tono era uno un tanto resignado – será igual que cuando estaba en el St. Leonard’s, pero bueno mejor no pensemos en eso o nos pondremos tristes – se adelanto a decir antes de que John dijera algo más.
Siguieron caminando en silencio hasta que John se detuvo frente a una puerta – muy bien, aquí es, habitación 205 – informo al momento que abría la puerta y le cedía el paso a Max, quien entro y observo la habitación, era bastante simple, con una cama individual pegada a la pared y un pequeño escritorio al lado contario de esta, quedando la ventana justo en medio de ambos muebles y el infaltable cuarto de baño a su mano izquierda, pero lo suficientemente espaciosa para un estudiante. Un momento, ¿no se supone que los dormitorios eran compartidos?
-Su padre se encargo de que le asignaran una habitación para usted sola – ahí la respuesta a su pregunta.
-Debí imaginarlo - camino hasta la ventana para abrirla y ver el exterior – deja las maletas donde sea ya luego me ocupare de desempacar – le indico a John quien estaba buscando un lugar donde ponerlas.
-De acuerdo – dejo las maletas a un lado de la cama – me asegurare de que todo funcione bien en el baño – dijo mientras se dirigía a este.
-Claro, no vaya a haber alguna fuga - ironizo – estamos en una de las universidades más prestigiosas de Inglaterra, ya deja de preocuparte, es obvio que todas las instalaciones están bien – dijo mientras veía a los estudiantes pasar con maletas fuera del edificio y John se perdía en el baño.
-No es justo – reclamo una voz - ¿Por qué tienes una habitación individual, mientras que yo tengo que compartir?
Con un ligero acento italiano y un tono incitador, era una voz que podría reconocer en cualquier lugar y que le pertenecía a una sola persona, Luca Camilleri, su mejor amigo.
-¿Qué haces aquí?, ¿no que regresabas a Italia? – cuestiono mientras daba la espalda a la ventaba para poder verlo de frente.
Ahí estaba, justo en la entrada de la habitación, parado tan despreocupadamente como siempre, con el cabello castaño alborotado, ojos verdes que resaltaban mas por su piel ligeramente tostada y con esa sonrisa entre picara y traviesa que lo caracterizaba.
-Hola, ¿como estas?, me da gusto verte, no sabes cómo te he extrañado – ironizo Luca mientas se adentraba a la habitación – esperaba un saludo diferente de parte de mi amorcito – agrego en un tono entre acusador y fingida tristeza.
Max sonrió y se acerco para abrazarlo – me alegra mucho verte.
-Lo sé, es difícil no extrañarme – se alabo Luca correspondiendo el abrazo.
-Sobre todo tu modestia.
-Todo está en orden – hablo John saliendo del baño, haciendo que el par se separara – oh, también está aquí joven Luca – lo saludo no muy entusiasmado al verlo.
-Que hay Jony, aun no cambies el traje eh? – lo señalo con un movimiento de cabeza en un gesto de despreocupada confianza
-John, y es mi uniforme no puedo cambiarlo, joven – respondió y desvió su atención a Max – ya es hora de irme, sus clases inician pasado mañana, si tiene algún problema o necesita algo solo tiene que llamarme y vendré enseguida.
-Tiene dieciocho años, no cinco, despreocúpate – le interrumpió Luca mientras se sentaba en la cama.
-Cuídese mucho, está bien? – agrego sin hacer caso al comentario del chico.
-Lo hare, no te preocupes – le sonrió – estaré bien.
-Ok, entonces me voy – se despidió desordenándole cariñosamente el cabello y se dirigió a la puerta – adiós.
-Nos vemos.
-Que te vaya bien Jony – exclamo Luca en un tono cantarín, John solo cerro a puerta sin hacer caso de el – sigo sin agradarle – aun manteniendo su sonrisa.
-Y ¿Por qué será?- pregunto Max marcando lo obvio.
-Pero si soy un amor – respondió Luca poniendo carita inocente
-Aja, como sea, ahora si me vas a decir cómo es que estas aquí – cuestiono de nuevo acercándose a la cama para sentarse también – dijiste que estudiarías en Italia.
-Sí, bueno te mentí sobre eso.
-Eso es más que obvio, pero ¿Por qué?
-Bien, no iba a dejar que mi amorcito se fuera a estudiar sola lejos de mi ¿verdad? – solo recibió una sonrisa como respuesta en señal de que lo dejaba continuar – así que hable con mis padres y al tener su aprobación hice todos los tramites, los exámenes y ya sabes con mi intelecto no fue difícil ser acepado, después empaque mis cosas, tome un vuelo a Londres y aquí me tienes – finalizo su explicación con una sonrisa.
-Entiendo – hablo Max – pero como es que no me dijiste ni me di cuenta de nada.
-Ya te dije, era una sorpresa – repitió – o ¿acaso no te parece?, después de todo lo que hice para estar juntos – dramatizo escondiendo su cara en las sabanas del colchón.
-Sabes que no es eso, solo que no esperaba verte aquí – respondió – y me hace muy feliz el que estés aquí, así que deja de lloriquear – lo empezó a agitar fuertemente logrando que Luca se levantara otra vez sonriendo traviesamente.
-Lo sé, no puedes vivir sin mí.
-¿Quién no puede vivir sin quien?, no fui yo la que hizo todo eso para seguir al otro – se la regreso.
-Bueno, bueno no podemos vivir el uno sin el otro – dijo para quedar ambos en iguales condiciones y se paró de un sato de la cama – y como dije cuando llegue, no es justo, tú tienes una habitación individual mientras que yo la tengo que compartir con un tipo aficionado a los nachos – se quejo mientras exploraba la habitación.
-¿Aficionado a los nachos?
-Sí, tiene una bolsa enorme llena de ellos e incluso carga con su propia botella de salsa, – le conto mientras salía del baño – lindo baño.
-Es raro.
-Tienes mucho espacio aquí – agrego Luca volviendo al tema de la habitación
-Sí, gracias al señor embajador – comento con un tono cansado y sarcástico.
-Oh, su señoría lo volvió a hacer.
-Mmmmm – fue todo lo que pudo decir mientras seguía observando a Luca en su incursión por la habitación, aunque no entendía que tanto observaba si la habitación no tenía nada de especial, pero bueno así era él, siempre analizando, o más bien curioseando, en cualquier lugar nuevo.
Luca era el único hijo de una familia adinerada, creció siendo consentido por todos, siempre obteniendo todo lo que quería, tal vez por eso en la actualidad se comportaba como un sin vergüenza. Un chico apuesto, sociable, amable y sobre todo coqueto, y si le sumamos el que sea de origen Italiano, obtenemos un completo don juan.
Max lo conoció en su primer año de preparatoria, compartían varias clases por lo que se topaban a menudo, Luca había intentado conquistarla desde el primer momento, pero nunca logro nada, ella no estaba interesada en el de esa forma asi que terminaron convirtiéndose en amigos, muy buenos amigos; ambos se conocían perfectamente el uno al otro, se contaban todo los que les ocurria, se apoyaban y siempre estaban juntos. Luca siempre le decía “amorcito” de cariño, según el porque se había convertido en su chica numero uno, y aunque por lo mismo la gente siempre pensaba que eran pareja, ya que según la sociedad la amistad entre hombres y mujeres no existe, no era algo que les molestara, porque sabían que ese tipo de amistad si existía, después de todo ellos eran la prueba de eso.
-Y bien ¿qué dices? – pregunto Luca, que se había vuelto a sentar en la cama.
-¿De qué? – regreso la pregunta pues no sabía de que le hablaba.
-Otra vez te perdiste en tus pensamientos, y yo aquí hablando como idiota – le reprocho.
-Lo siento, me quede pensando en nosotros – le contesto - ¿puedes repetir lo que dijiste?
-Bien, pero solo porque pensabas en mi – Max solo lo vio con cara de fastidio que Luca paso por alto- dije que deberíamos ir a explorar toda la zona para ir familiarizándonos y así no te pierdas, podemos ir esta noche.
-Gracias por preocuparte – exclamo sarcásticamente – pero ¿porque en la noche?, estará oscuro y hará frio, sabes que odio el frio.
-No es para tanto, solo ponte una buena chamarra.
-Insisto, ¿Por qué en la noche?
-Porque las mejores cosas pasan en la noche – le respondió acercándose a la puerta – paso por ti al rato, así que alístate – y antes de que Max pudiera reclamar algo Luca salió del lugar cerrando la puerta tras de sí.
-Genial, ahora tengo que buscar una chamarra – se resigno mientras empezaba a buscar en una de las maletas – será una noche larga.

miércoles, 23 de mayo de 2012

CAPITULO 0

En la cima de una montaña se puede distinguir la silueta de un hombre, Caín – hijo de Adán y Eva – esperando ser juzgado; parado en el centro de un círculo formado por tres seres celestiales. Tres ángeles, luciendo sus hermosas alas, descalzos y vestidos con largas túnicas blancas con detalles dorados y plateados, con capuchas adornadas por pequeños dijes dorados en los bordes que les cubría la cabeza e impedía ver del todo sus rostros a excepción de largos mechones de cabello que sobresalían de ellas. Uno de ellos, del que se distinguían mechones pelirrojos fue el primero en hablar, teniendo al sol, que se ocultaba en el horizonte anunciando el final del día, como mudo testigo.

- Tus faltas son graves, Caín – se dejo escuchar una voz masculina – no solo has ido en contra de Dios, sino que por tu causa se perdieron vidas inocentes.

-Atentaste contra tu propia sangre – hablo el ángel de mechones rubios, con el mismo tono severo – y desataste una guerra sin sentido por algo que no podrías tener, ¿Qué tienes que decir sobre eso? – pregunto, dándole la oportunidad a Caín de hablar.

-Saben lo que hice, por lo tanto también saben mis razones – contesto sin duda ni miedo en la voz – ella debería ser mía sin importar lo que tuviera que hacer para tenerla, no me arrepiento de lo que he hecho – se planto firme en el suelo y poso su mirada al nivel de quien le hablo.

-Y desatando una guerra es como querías conseguirlo? –  espeto con un marcado enojo el mismo ángel – sabes bien que por más que lo desees y cualquier cosa que hagas nunca podrías tenerla.

-Ella es un ser diferente a ti – hablo el primero – un sirviente de Dios, un ángel, no debiste poner tus ojos en ella.

-Pero lo hice  - Caín adopto un tono y una pose desafiante – y no me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer cuantas veces sea necesario, ¡yo la amo! – grito.

-¡Silencio! – ordeno el tercer ángel, de rasgos morenos no solo por el cabello sino también por la piel de las manos y los pies, del que se distinguía una voz femenina – ¿te das cuenta de lo que dices?, tu codicia ha llegado demasiado lejos, terminando también con la existencia de quien tanto dices amar – termino de decir con un tono triste pero sin dejar a un lado su severidad.

-¿De qué hablas? No puede estar muerta – grito furiosamente Caín - ¡mientes!

-No pongas en duda nuestra palabra – prosiguió la tercera – sabes bien que somos incapaces de mentir.

-Ella sacrifico su vida para salvar a quienes perecieron por tu causa - explico el ángel pelirrojo - ¿Cómo crees que se sentía al ver todo ese caos al ser el objeto de tus deseos?

-Eso… eso no puede ser posible – musito con una expresión incrédula -  ahora nunca podre llegar a ella – apretó con fuerza sus puños – esto no debía terminar así – grito con fuerza.

-Fueron tus actos los que la orillaron a ello – exclamo el blondo – y también serás juzgado por eso. Con la autorización de El Señor, hemos llegado a un veredicto.

A la vez que el juicio llegaba a su fin, el crepúsculo teñía el cielo de tonalidades rojas y naranjas, siendo iluminado por los últimos rayos del sol, marcando el termino del día.

-Caín, te condenamos a vivir privado de la luz del sol – comenzó la morena – tu alimento será la sangre – siguió el rubio – y tus hijos se odiaran entre ellos cargando con tu maldición – termino el pelirrojo.

-Para siempre – sentenciaron los tres a la vez que desaparecían y la noche hacia acto de presencia, dando por terminado el juicio.

Una corriente de aire envolvió a Caín – no pueden hacer esto – reclamo – algún día la encontrare  y entonces será mía, y ustedes se arrepentirán, ¡¿me oíste Dios?! – levantando su visa al cielo nocturno, grito tan furioso y desgarrador que la tierra y el mismo cielo se estremecieron – ¡así tenga que ir al mismo infierno será mía!

Que más podría ser la codicia, sino el descontrol de la persona hacia lo que los hace volverse locos. Es lo que sin duda dirían la luna y las estrellas, quienes desde ese momento se convertirían en fieles testigos y compañeras de Caín a lo largo de su no-vida y el nacimiento de una nueva raza.