"El amor consiste en que dos soledades se encuentren, se protejan y se correspondan entre si". (Rainer Maria)

miércoles, 23 de mayo de 2012

CAPITULO 0

En la cima de una montaña se puede distinguir la silueta de un hombre, Caín – hijo de Adán y Eva – esperando ser juzgado; parado en el centro de un círculo formado por tres seres celestiales. Tres ángeles, luciendo sus hermosas alas, descalzos y vestidos con largas túnicas blancas con detalles dorados y plateados, con capuchas adornadas por pequeños dijes dorados en los bordes que les cubría la cabeza e impedía ver del todo sus rostros a excepción de largos mechones de cabello que sobresalían de ellas. Uno de ellos, del que se distinguían mechones pelirrojos fue el primero en hablar, teniendo al sol, que se ocultaba en el horizonte anunciando el final del día, como mudo testigo.

- Tus faltas son graves, Caín – se dejo escuchar una voz masculina – no solo has ido en contra de Dios, sino que por tu causa se perdieron vidas inocentes.

-Atentaste contra tu propia sangre – hablo el ángel de mechones rubios, con el mismo tono severo – y desataste una guerra sin sentido por algo que no podrías tener, ¿Qué tienes que decir sobre eso? – pregunto, dándole la oportunidad a Caín de hablar.

-Saben lo que hice, por lo tanto también saben mis razones – contesto sin duda ni miedo en la voz – ella debería ser mía sin importar lo que tuviera que hacer para tenerla, no me arrepiento de lo que he hecho – se planto firme en el suelo y poso su mirada al nivel de quien le hablo.

-Y desatando una guerra es como querías conseguirlo? –  espeto con un marcado enojo el mismo ángel – sabes bien que por más que lo desees y cualquier cosa que hagas nunca podrías tenerla.

-Ella es un ser diferente a ti – hablo el primero – un sirviente de Dios, un ángel, no debiste poner tus ojos en ella.

-Pero lo hice  - Caín adopto un tono y una pose desafiante – y no me arrepiento de nada, y lo volvería a hacer cuantas veces sea necesario, ¡yo la amo! – grito.

-¡Silencio! – ordeno el tercer ángel, de rasgos morenos no solo por el cabello sino también por la piel de las manos y los pies, del que se distinguía una voz femenina – ¿te das cuenta de lo que dices?, tu codicia ha llegado demasiado lejos, terminando también con la existencia de quien tanto dices amar – termino de decir con un tono triste pero sin dejar a un lado su severidad.

-¿De qué hablas? No puede estar muerta – grito furiosamente Caín - ¡mientes!

-No pongas en duda nuestra palabra – prosiguió la tercera – sabes bien que somos incapaces de mentir.

-Ella sacrifico su vida para salvar a quienes perecieron por tu causa - explico el ángel pelirrojo - ¿Cómo crees que se sentía al ver todo ese caos al ser el objeto de tus deseos?

-Eso… eso no puede ser posible – musito con una expresión incrédula -  ahora nunca podre llegar a ella – apretó con fuerza sus puños – esto no debía terminar así – grito con fuerza.

-Fueron tus actos los que la orillaron a ello – exclamo el blondo – y también serás juzgado por eso. Con la autorización de El Señor, hemos llegado a un veredicto.

A la vez que el juicio llegaba a su fin, el crepúsculo teñía el cielo de tonalidades rojas y naranjas, siendo iluminado por los últimos rayos del sol, marcando el termino del día.

-Caín, te condenamos a vivir privado de la luz del sol – comenzó la morena – tu alimento será la sangre – siguió el rubio – y tus hijos se odiaran entre ellos cargando con tu maldición – termino el pelirrojo.

-Para siempre – sentenciaron los tres a la vez que desaparecían y la noche hacia acto de presencia, dando por terminado el juicio.

Una corriente de aire envolvió a Caín – no pueden hacer esto – reclamo – algún día la encontrare  y entonces será mía, y ustedes se arrepentirán, ¡¿me oíste Dios?! – levantando su visa al cielo nocturno, grito tan furioso y desgarrador que la tierra y el mismo cielo se estremecieron – ¡así tenga que ir al mismo infierno será mía!

Que más podría ser la codicia, sino el descontrol de la persona hacia lo que los hace volverse locos. Es lo que sin duda dirían la luna y las estrellas, quienes desde ese momento se convertirían en fieles testigos y compañeras de Caín a lo largo de su no-vida y el nacimiento de una nueva raza.

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